EL ÁRBOL BAOBAB
Cuando era chico, siempre me hacían la misma pregunta: ¿Qué quieres ser de grande? Y aunque mis amigos contestaban siempre las mismas cosas (bombero, policía, doctor o chef), yo me salía un poco del esquema y contestaba: Yo quiero ser un soñador. Los adultos, carcajeados de mi infantil respuesta, me mandaban a la cama a soñar. Y en efecto, yo de chico y aún de grande, voy a la cama a soñar. Pero antes de soñar, suspiro y abro bien los ojos, porque al hacerlo, sé que abro mi mente a extraordinarias imágenes y anhelos; sobre todo anhelos...
Hoy cuento con 80 años y me encuentro ya en el ocaso de mi vida. Cuando después de haber pasado por las cuatro estaciones de este largo camino, culmino en un invierno que me ha dado tanto. Recorrí países, logré una hermosa familia, escribí libros, me enamoré, escribí música y bailé; en fin, viví, pero antes que vivir, soñé, porque sin soñar, sería imposible vivir (realmente vivir). Nunca dejé de hacerlo; nunca dejé de irme a la cama, acostarme, abrir los ojos y suspirar; nunca dejé de soñar, y aún a mis 80 años, espero jamás dejar de hacerlo.
Cuando se es niño, es fácil sorprenderse de todo. Mis primeros recuerdos me remiten a los baños en tina que me daba mi mamá (que en paz descanse). Un set de animalitos en un barco azul me acompañaban a mi acuática aventura, ahí, en esos recuerdos, estaban las primeras sensaciones al sentir el agua tibia, el divertirme con una tremenda sonrisa al empapar a mi mamá; su risa, sobre todo su risa que me animaba a ser feliz.
Recuerdo los paseos en carreola, el enorme parque y los patos en él. Recuerdo las migajas que mi mamá ponía en la mano (manita para ser correctos). Ahí, yo con mi pequeño puño, alimentaba a aquellas aves que me encantaban. Volteaba hacia el cielo y veía las copas de los árboles servirles como sombra y protección. Al salir del parque, y tomar rumbo a casa, me topaba con los enormes edificios. Si acaso se cruzaba una paloma o una insignificante mariposa, mi vista no dejaba de seguirles acompañada de una sonrisa en mi cara.
Pero hubo momentos en los que también sentía miedo, cuando me regañaban o intentaban pegarme, cuando me gritaban o me hacían llorar. Era tan pequeño que no entendía, pero sobre todo, eran tan grandes que tan pronto olvidaban. Hubo veces en las que sentí enorme miedo, muchas veces en las que sentí ganas de tirarme y olvidarme de todo. Era tan pequeño, pero sobre todo, se sentían tan grandes y olvidaban...
Iba a mi cama, ya con más años y consciente, a hacer lo que siempre me había acostumbrado a hacer. Soñaba y dejaba que mi mente volara, que viajara y me mostrara los límites inexistentes de mis anhelos. No dejaba de sorprenderme, porque siempre que soñaba, lo hacía, y siempre que vivía, soñaba, por lo tanto, me sorprendía. Abría mis ojos, respiraba profundo y me dejaba ir. Aún cuando con el tiempo muchos dejaron de hacerlo, yo me aferraba y quizá fui víctima de burlas y de apodos. Ellos no entendían cómo me aferraba a eso; no entendían porque quizá jamás lo comprenderían.
Fueron olvidando para jamás recordarlo, a tal grado, que su vida ya no era suya y se volvía sólo la de los demás. Querían crecer, querían conocer, pero a la vez, de manera paradójica, desconocieron y se encogieron. Sus ojos estaban cerrados y cayeron en estereotipos que les fueron marcados; cayeron en un estilo de vida que les era ajeno, extraño y que sin embargo, aceptaron porque nunca vieron más allá; porque alguna vez en su vida, decidieron que era mejor dejar de soñar.
Viajaban a gran velocidad, bebían y se reventaban los oídos. Pensaban que no había algo más allá y lo aceptaron. Cayeron en un juego social que les era ajeno, traicionaron su individualidad y se volvieron uno del montón. Querían imitar, aquello que era imitado e imitado; ignoraban su naturaleza, renunciaban a su propia individualidad y preferían caer en el estereotipo. Pensaban que estaban completos, que sus amistades eran sinceras y se abandonaron; se abandonaron a tal punto que llegaron a desconocerse.
Con el tiempo, muchos de los que me llamaban amigo por compromiso, formaron familias sin saber cuál era su significado; fueron felices de acuerdo a lo que les era marcado, y cuando menos se lo esperaban, caían en cuenta de que poco se conocían. Lo peor de todo es que no sólo se dieron cuenta de eso, sino del poco interés que en ello ponían, pues en efecto, en algún punto de su vida habían dejado de soñar.
No, no quiero ser pretencioso, y no, de ningún modo quiero aleccionar a nadie. Lo único que quiero decir es que yo nunca dejé de soñar, porque al hacerlo, dejé de pensar en esa realidad burda con la que muchos confunden a la vida. Vida es felicidad, y felicidad es soñar. Y así es, yo nunca dejé de soñar, porque soñar me permitía ver más allá de alegría y tristeza; soñar me permitía ver más allá de la vida misma; soñar alimentaba mi espíritu, y al final eso es lo que somos, espíritu que nunca debe desfallecer o flaquear.
Esta es mi historia, un hombre de cerca de 80 años que nunca dejó de vivir, y sí, un hombre que con alegría, y cuando tenga que dar cuentas, con gusto gritará: ¡Y nunca dejé de soñar!
Enrique Figueroa Anaya