07/08/2011

La pasarela

EL ÁRBOL BAOBAB
ESPECIAL: Festiv@l de Blogs

Cojeaba mientras se ayudaba de aquellas paredes escarapeladas del callejón. Le dolía mucho la pierna derecha, pero por un momento, todo parecía no importar mientras la veía dar vueltas. No era muy delgada, con ojos grandes, cabello castaño y grandes pechos. Según los anunciadores tenía apenas 18 años, pero sabía bien él, que si acaso contaba con apenas unos 13. Vestía una bonita blusa color rosa y unos pequeños shorts negros. Se veía un poco ridícula con los tacones tan altos, pero no importaba, él la miraba a ella fíjamente.


Hace unas horas viajaba en la carretera, auxiliado por un viejo amigo que se enteró de lo que había sucedido... No estaba muy convencido de que fuera por él, a pesar de que después de todo, le terminó agradeciendo. Los dos se conocían desde hace más de cuarenta años cuando vivieron en la Merced. "En ese entonces todo era diferente", le decía, "éramos tan ingenuos Juan". Su acompañante se aguantaba las lágrimas. "¡Pero es que estás pendejo Memo! ¿Cómo se te ocurría hacer semejante pendejada?" Quizá tenía razón, quizá todo fue una locura, pero por un momento supo que no podía ni debía hacer otra cosa ya que su futuro por un momento dejó de ser suyo.

"¿Qué pasó jóven? ¿Va a quedarse ahí mirando?" Por un momento escapó de su alucinación, volvía a la pasarela donde observaba a todo tipo de niñas, adolescentes, maduras, embarazadas... Su mirada, sin embargo, la seguía a ella. "Ella, la quiero a ella" logró balbucear. "Ah, pero pues ella no es cualquier cosa, ¿si traes o me estás haciendo perder el tiempo?" Volvió a señalarla mientras de su bolsillo sacaba un fajo de billetes. "Ella, la quiero a ella..." repitió.

Un día llegó a su casa después de jugar un rato con sus amigos de la Tepito. La escena era la misma, su mamá siendo golpeada por su papá que le ordenaba irse al cuarto, pues después de a ella, le tocaba a él... Corrió de inmediato al cuarto de sus padres mientras veía a su hermana pequeña llorar en las escaleras. Con trabajo levantó el viejo colchón donde dormían para encontrarse con el arma que guardaba su padre. Bajó, no sin antes ver por unos segundos a su hermana a los ojos, y lo mató.

Ya de la mano ella con una sonrisa lo llevó tras el portón negro. Decenas de ojos los veían con envidia. Le gritaban lujuriosos a la pequeña, a sabiendas de que les era inaccesible, intentando amedrentarla o por lo menos imaginársela... "Todo quieren gratis, ¡ya dejen de ver telenovelas!" gritaba la señora que apuró a la pareja hacia el interior del edificio. Sonreía ella mientras él apenas podía sujetarle la mirada. Con cuidado empezaron a subir las escaleras que los llevaban a uno de tantos cuartos, se había dado cuenta de que cojeaba visiblemente su ciente, fue entonces que le dio su brazo para que él se apoyara...

Probó por muchos años como delincuente, pasando por todas las cárceles del lugar, conociendo a todos los policías y a todos los secuestradores y asesinos de la ciudad. Un buen día alguien le ofreció una salida, le dijo, que si quería seguir vivo se enlistara en el ejército. Sorprendido por la oferta argumentó que con su largo historial eso sería imposible. Sonriéndole, quien le ofreció el trabajo, aseguró que trabajaría directamente para él. Lo vio dos o tres veces más en los años que sirvió para el ejército. Siempre le estuvo agradecido. Su vida cambió, y por un momento, parecía sonreírle.

"¿Qué vas a querer?" le preguntaba aquella niña.

Un día uno de sus superiores llegó con una instrucción. Sin pensarlo la ejecutó. Pocas horas después todo salió en los diarios, en la televisión y en la radio. Llegó otra instrucción, de su jefe por teléfono, ahora debía desaparecer y reportarse en alguna ciudad del norte del país. A los pocos meses lo hizo y se encontró con alguien que se identificó como su nuevo superior. Ya no servía al ejército, ahora servía a unas fuerzas especiales, "habría más lana" le dijeron y lo cumplieron.

"¿Cuántos años tienes?" preguntó de manera seria. Con seguridad le dijo que apenas había cumplido 18. "¿Qué vas a querer?" insistía. "No tienes 18 años, no me mientas, ¿cuántos años tienes?" insistió. Ofendida le dijo que si quería hablar con ella tendría que pagarle más.

Un día se enteró que uno de sus compañeros había dejado embarazada a su hermana y la había abandonado. Furioso fue a buscarlo y una noche lo mató para después dejar su cuerpo frente a la casa de su padre, es decir, del que había sido su jefe el que lo enlistó en el ejército. A partir de ese momento todo fue en picada. Lo persiguieron y también a la poca familia que le conocían. Mataron a su madre y le dejaron con lo que quedaba de ella un mensaje. Libró muchas balaceras hasta que en una de esas, donde le lastimaron visiblemente la pierna, uno de sus viejos amigos lo recogió y le ayudó. Agonizando sólo le pidió que lo llevara a aquel lugar donde vivía con su madre y su hermana, a aquel lugar donde alguien le había dicho, que todavía le sobrevivía una sobrina...

Apurada por realizar su trabajo empezó a desabotonarle el pantalón mientras él se tiraba sobre la cama. Lanzó un grito que de inmediato calló. Alguien se asomó para ver si todo estaba bien y ella asintió. Veía la lastimada pierna de su cliente y se levantó. Los dos por un momento se miraron. Ella le pidió entonces que se retirara, que no podía trabajar con el estado en el que él se encontraba... Un largo silencio pasó entre los dos hasta que él reaccionó. "No tengo intenciones de moverme, pues hace algunos años lo hice y mírame... Mírate".

Enrique Figueroa Anaya

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